¿Lecciones aprendidas? El
tiempo lo dirá…
Javier Martinez
Aldanondo, Gerente de Gestión del Conocimiento de Catenaria
jmartinez@catenaria.cl y javier.martinez@knoco.com
twitter: @javitomar
A principios de febrero
viajé a
Bogotá a impartir una conferencia sobre gestión del conocimiento. Aproveché
las 5 horas de vuelo para terminar la presentación. El avión aterrizó bastante
tarde en el aeropuerto de Eldorado y no llegué a mi habitación del hotel hasta
pasada la 1 de la mañana. Dado que la conferencia empezaba a las 8 AM (los bogotanos
son muy madrugadores), lo primero que pensé fue en conectar mi portátil a la
corriente para recargar la batería que había agotado durante el viaje. Sin
embargo, la primera sorpresa que me encontré fue que ninguno de los enchufes de
mi habitación servía para el cable de mi portátil.
OK, pensé,
no
hay problema, siempre llevo en mi maleta un adaptador para el cable
y dado
ya había estado en Colombia previamente, no había de qué preocuparse.
Pero la segunda sorpresa fue que el adaptador que traía conmigo, servía para el
cable antiguo de mí portátil que había cambiando aproximadamente 1 año atrás pero
no para el actual que tiene 3 clavijas. El panorama se empezaba a complicar así
que mi siguiente decisión fue pedir prestado un adaptador al personal de
mantenimiento del hotel que, acostumbrados
como están a acoger viajeros de todas latitudes y a celebrar centenares
de conferencias, no se sorprenden al recibir solicitudes de lo más variopintas.
Revisaron en sus bodegas, buscaron por todos los rincones pero no hubo manera
de encontrar un adaptador que sirviese para mi cable. Incluso trataron de hacer
un arreglo artesanal al más puro estilo MacGyver conectando unos cables y un
transformador pero no hubo caso. El asunto se estaba poniendo verdaderamente
serio porque a esas horas de la madrugada era imposible pensar en comprar un
adaptador y tampoco íbamos a encontrar tiendas abiertas a las 7 de la mañana. ¿Se
iría a la basura todo el esfuerzo, tiempo y dinero invertido en el evento por
culpa de no contar con el dichoso adaptador? En ese mismo instante me acordé de que durante el vuelo, y por pura
casualidad, había copiado la presentación a mi pendrive… ¿Aprendí alguna
lección aquella noche? ¿Puedo estar seguro de que no me volverá a ocurrir? Ojalá
las cosas fuesen tan simples…
Por estos días, la opinión pública en Chile
está asistiendo, a través de los medios de comunicación, a un análisis descarnado
de los antecedentes que rodearon las 2 tragedias que más conmocionaron al país en
los últimos años: El terremoto del 27-F de 2010 y el accidente aéreo de la isla Juan
Fernández. Ambas desgracias se han examinado minuciosamente destripando hasta
el mínimo detalle y aparentemente nada ha quedado al margen del voraz escrutinio
público: se están investigando todas las actuaciones y las causas de lo
sucedido, se ha cuestionado cada decisión que se tomó y obviamente se está
buscando determinar responsabilidades. No hay duda de que el conocimiento (en
este caso la falta del mismo) tuvo una importancia capital en lo acaecido en
ambos desastres. Basten 2 ejemplos. En el caso del terremoto, varias
autoridades han sido acusadas por la fiscal que lleva el proceso de que “no tenían los conocimientos para cumplir la
función pública por la que el Estado de Chile les pagaba”. Así
mismo, la fiscal acusó a uno de los organismos de desestimar el conocimiento
ofrecido por una experta.
Sin embargo, reconociendo lo importante que
resulta aclarar de forma rigurosa lo ocurrido en ambos casos, no veo que se
esté prestando la misma atención al factor más importante de todos: ¿Qué
aprendimos de las 2 catástrofes? Dado que ya no es posible cambiar lo que pasó,
todos los esfuerzos debiesen concentrarse en evitar que sucedan de nuevo, en
garantizar que no se cometan de nuevo los mismos errores. No es ningún secreto
que uno de los mayores riesgos para Chile es verse afectado por un nuevo
terremoto y, como ya escribimos 2 años atrás, si algo es irrefutable es que cada día que pasa falta menos para que
ocurra. ¿Cómo podemos estar seguros de que no volveremos a incurrir
en las mismas equivocaciones? Desgraciadamente, no podemos. No importa cuantas
comisiones de expertos se hayan constituido o cuantos informes y conclusiones
se hayan escrito, únicamente saldremos de dudas cuando ocurra el siguiente
terremoto. Mi preocupación no parece artificial. Recientes declaraciones de un general que
participó activamente en labores de respuesta al terremoto reconocen que no es
mucho lo que se ha avanzado ni aprendido. Estamos corriendo un riesgo
descomunal pero nadie parece estar preocupado. Asimismo, mientras una
devastadora crisis asola España, lo peor que puede ocurrir es que el día que
finalmente aparezca luz al final del túnel, no hayamos consensuado las
lecciones que jamás debiésemos olvidar.
“Si es
que no aprendes”
es una frase que todos hemos escuchado o dicho más de una vez. Cuando una
persona no progresa ni mejora como resultado de la experiencia, tendemos a
considerar que no aprende. La experiencia no es lo que te pasa sino lo que
haces con lo que te pasa. Hay un refrán tremendamente lapidario: “
El hombre es el único animal que tropieza 2
veces en la misma piedra”. Existen bastantes razones que explican por qué
es natural tropezar con una piedra por primera vez: puede tratarse de un
accidente, de un mal cálculo, de un descuido, de desconocimiento, etc. Pero la
segunda vez que tropiezas con la misma piedra, resulta más difícil de aceptar
porque lo que ocurre es que simplemente no aprendiste de la primera vez.
Se entiende por lección aprendida aquel
conocimiento obtenido mediante la experiencia y cuyo propósito es mejorar el
desempeño futuro. Una lección es susceptible de ser aprendida cuando los
resultados de una acción o decisión, son diferentes de lo esperado. Esto
significa que dichos resultados pueden ser mejores (nuestras expectativas se
ven superadas) o peores (cuando se ven defraudadas). En cualquiera de ambos
escenarios, es imprescindible sacar conclusiones porque o bien yo o bien otras
personas debiesen aprovechar la lección en el futuro por el impacto que esta pueda
tener: evitar decisiones que conducen a resultados indeseables o, por el
contrario, repetir aquellas que pueden ser exitosas. Para hablar de lecciones
aprendidas, hace falta que exista acción, cambio de comportamiento y por eso la
información por si sola (informes, conclusiones, procedimientos, normas, etc.)
no basta. Nunca debemos olvidar que la tecnología nos provee abundante
información (la receta para cocinar tortilla de patatas o el manual para
pilotar un Airbus A330) pero no puede proveernos conocimiento. Solo podemos
hablar de aprendizaje cuando la siguiente vez que enfrento una circunstancia ya
vivida, se produce un cambio de comportamiento observable ya que actúo de forma
diferente y por tanto obtengo un resultado distinto que ya no constituye una
sorpresa. Evidentemente, aprender es inseparable de recordar. Si aprendemos
acumulando lecciones que reutilizamos en el futuro, de nada sirve que cuando
nos rencontramos nuevamente con una vieja piedra, no podamos recordar la manera
de sortearla o la razón por la que nos tropezamos con ella en el pasado. Por
eso, es primordial resaltar la responsabilidad que tiene el sistema educativo
que, en lugar de enseñarnos a aprender desarrollando nuestra memoria para que
acumule experiencias y lecciones, insiste en que almacenemos conceptos, datos,
fórmulas y teorías desconectados de la vida diaria que jamás volveremos a
utilizar a lo largo de nuestra existencia y que olvidamos en su práctica
totalidad. “Lección aprendida”, al contrario que en el colegio, no tiene nada
que ver con algo que sabes sino con algo que haces distinto de cuando erraste la vez anterior. No hay
secretos: si quieres ser bueno en algo, practica, practica y practica.
Si algo desespera a
quienes dirigen las organizaciones son los errores repetidos, ya conocidos y
que a menudo causan importantes perjuicios económicos y de vidas humanas.
Varias veces me he referido a que las organizaciones son muy poco hábiles
para aprender ya que nunca fueron diseñadas para ello, no lo llevan en su ADN.
Atesoran toneladas de conocimiento pero no lo aprovechan porque ni siquiera
saben cuál tienen y menos aun cómo sacarle partido.
Un sistema de lecciones aprendidas es clave dentro de una estrategia de gestión
del conocimiento ya que por un lado ayuda a identificar el nuevo conocimiento
que se va generando y por otro ayuda a incorporarlo a las prácticas de trabajo.
El objetivo de un sistema de lecciones aprendidas es capitalizar los éxitos y
evitar los errores pasados para construir un mañana más seguro y mejor. La mayoría
de empresas todavía no toman medidas al respecto con lo que al no ir construyendo
su memoria institucional, corren el riego de recaer permanentemente en las
mismas trampas. Por suerte, cada vez más organizaciones hacen esfuerzos para
administrar su conocimiento levantando su sistema de lecciones aprendidas
aunque con desigual fortuna. Muchas de ellas tienen una base de datos sin
apenas lecciones, otras logran llenar el sistema pero de basura que no merece
la pena administrar e incluso las hay que identifican lecciones muy valiosas, las
documentan, las almacenan pero sin embargo no consiguen que nada cambie, siguen
cometiendo los mismos errores, tropezando en las mismas piedras. A finales del 2011,
una empresa nos contactó por que, como parte de un proyecto para eliminar
accidentes de alta gravedad o fatales, llevaban registrados 10.000 reportes a
través de la intranet pero no sabían cómo gestionar semejante volumen de
información. ¿Por qué es tan difícil evitar que un sistema de lecciones
aprendidas termine convertido en un cementerio de documentos? ¿Podemos
conformarnos con reflexionar sobre qué pasó, por qué ocurrió y qué haríamos
distinto la próxima vez? Es obvio que no. ¿Es suficiente con registrar y
sistematizar lo sucedido? Tampoco es la solución. ¿Basta con socializarlo y
compartirlo para que todos sepan cómo deben actuar? Está claro que es condición
necesaria pero no suficiente. Meses atrás, un compañero de trabajo nos envió un
mail en el que nos anunciaba una desagradable noticia: Durante una visita a un
cajero automático, le clonaron la banda magnética de su tarjeta de crédito y,
al poco rato, le vaciaron el sueldo completo de la cuenta bancaria. El mail
contenía todos los detalles acerca de cómo sucedió el incidente y también qué
precauciones hay que tomar para evitarlo. ¿Podemos estar seguros de que quienes
leímos ese correo aprendimos la lección y estamos a salvo de sufrir el mismo
desastre? El aprendizaje no es automático. Lo más seguro es que dentro de 2
meses, cuando vayamos rutinariamente a sacar dinero en cualquier sucursal
bancaria (y que es cuando esa lección nos sería verdaderamente útil) no nos
acordaremos de ella y quedaremos expuestos a sufrir la misma catástrofe. No es
fácil aprender de las lecciones de otros porque no se almacenan de la misma
manera en tu memoria que cuando la experiencia es tuya. Por eso, como
explicamos al hablar del GPS corporativo, necesitamos un
buen sistema de alerta que funcione cuando realmente esa lección te podría ser
útil.
El circuito que guía un sistema de lecciones
aprendidas funciona de la siguiente manera:
1.
Ejecución
de una actividad
2.
Revisión
de la actividad, lo que conduce a
identificar:
a.
Lecciones
aprendidas (qué objetivo tenia y qué plan
tracé, qué lo hizo fracasar y por qué, qué habría que cambiar para la siguiente
vez)
b.
Acciones
que se deberán ejecutar para asegurar que la
lección es aprendida (dichas acciones tienen que llegar al dueño del proceso
quien a su vez es responsable de revisarlas y actualizar el proceso)
3.
Implementación
de las acciones (una vez se aplican las acciones
para la mejora de procesos, las lecciones aprendidas propuestas pasan a convertirse
en mejores practicas)
4.
Aplicación
de las mejores practicas lo que nos lleva de
nuevo a la actividad
Es importante entender que una base de datos
de lecciones aprendidas debe vaciarse continuamente ya que las lecciones se tienen que
estar inyectando a las actividades.
Si, por ejemplo, tu organización trabaja por
proyectos, cada vez que finaliza un proyecto se debiese realizar un ejercicio
de lecciones aprendidas (llamado Retrospectiva) donde lo que se
persigue es comprender por qué hubo diferencia entre lo que esperábamos que
ocurriera y lo que verdaderamente sucedió. Si existen diferencias, significa
que hay que hacer cambios. Lo más probable es que durante el transcurso del
proyecto, se haya aprendido a hacer algunas cosas por primera vez, se haya
aprendido a hacerlas mejor si ya se habían hecho previamente o, si el proyecto
fue un desastre, se haya aprendido lo que no debe hacerse, lo que tiene un
valor incalculable. La conclusión es que todo aprendizaje tiene que conducir
irremediablemente a realizar cambios, o lo que es lo mismo, si no existe cambio
(para hacer las cosas mejor o para evitar fallos), entonces no hubo aprendizaje.
Eso equivale a entender que no basta con identificar lecciones si no van
acompañadas de las acciones que deben ejecutarse. Nada se habrá aprendido hasta
que no se incorporen en las futuras prácticas de trabajo
A la hora de evaluar cada
lección en particular, es importante pensar en el valor que esta tendrá para
futuros proyectos. Es frecuente identificar lecciones obvias (que tienen poco
valor y poca aplicabilidad), errores costosos (que son infrecuentes pero con
posible alto impacto), lecciones valiosas (ampliamente aplicables y de ato
valor) y problemas frecuentes (que recomiendan cómo evitar errores frecuentes).
Ya me referí en su momento a una técnica ampliamente difundida para identificar
lecciones bautizada como After Action Review atribuida al
Ejército de EEUU.
Operar un sistema de
lecciones aprendidas obliga a tener respuestas inequívocas para algunas interrogantes
no triviales:
-
Quien decide cuando una lección merece
ser tenida en cuenta como tal
-
Quien es responsable de capturarlas e
ingresarlas en el sistema
-
Cuanto tiempo debe permanecer una lección
en el sistema y quien decide cuando una lección dejó de estar actualizada
A Séneca el joven se
le atribuye la frase
“errare humanun est”.
Las personas padecen las consecuencias de los errores
recurrentes, las ineficiencias que se repiten y se preguntan ¿cómo puede ser
que siempre nos ocurra lo mismo? ¿cómo es posible que no
aprendamos
? La explicación es sencilla: si no dedicas tiempo a reflexionar sobre
lo qué haces y a destilar las lecciones que puedes aprender como consecuencia
de tus actos, te estás condenando a un círculo vicioso muy difícil de romper.
Al contrario de lo que la gente y la mayoría de
empresas creen, una lección no es aprendida cuando se comprende, se escucha (o
se lee) sino que solo puedes estar seguro la siguiente vez que te ocurre el
mismo incidente y tu comportamiento cambia como consecuencia de lo que te
sucedió anteriormente. Es en ese instante, y no antes, cuando puedes afirmar
que aprendiste. Indiscutiblemente, esta incertidumbre nos obliga a estar
dispuestos a correr el enorme riesgo de volver a fracasar puesto que únicamente
saldrás de la duda la próxima vez que enfrentes la misma situación.
Una de las palabras clave
en gestión del conocimiento es reutilizar lo que ya sabes. Lo que tenemos más a
mano para poder reutilizar son precisamente nuestras lecciones, lo que hemos
vivido, lo que ya nos ha pasado. Tu vida es una sucesión de lecciones que
guardas en forma de historias en la base de lecciones
aprendidas que tienes en el cerebro y que recuperas cada vez que lo requieres.
El
12 y 13 de Junio viajaré de nuevo a Bogotá
para participar en Expoelearning organizado por Aefol
donde impartiré el taller Hacia la consecución de organizaciones
inteligentes y la conferencia Por qué las organizaciones no saben aprender.
Después del morrocotudo
susto de febrero, antes de viajar para intervenir en cualquier evento (sobre todo si ocurre en otros países) tomo siempre
4 precauciones sencillas:
1. Reviso esta web
que informa sobre tipo de corriente y enchufes en todos los países de mundo.
2. Meto en la maleta el
adaptador universal que compré tras mi regreso de Colombia en febrero.
3. Copio las
presentaciones en mi pendrive.
4. Subo una copia de
seguridad en una carpeta en Dropbox.
Por ahora, parece que he
aprendido la lección.
El lunes 18 de Julio comenzaremos a impartir la cuarta
edición del curso
Fundamentos y Herramientas de la Gestión del
Conocimiento
en la Pontificia
Universidad Católica de Chile.